-Escena única-
(Sótano de una vieja casona, la mansión
de la familia Pérez-Garate. Hay pilas de papeles, telas y maderas mojadas.
Ernesto y Flavia revisan los restos de diversos objetos que son reliquias de
familia)
Ernesto: (recita leyendo un arruinado
cuaderno del Siglo XIX)
“Y
me llegó el castigo como a los egipcios
Que
no pudieron detener a los esclavos
Ni
con sogas, ni cadenas ni con clavos
Y
pagaron por ellos el final sacrificio”
Flavia: ¿De tío Jorge?
Ernesto. Del tío Jorge. El borrador de
su poemario inédito: “versos del éxodo”.
Flavia: ¿Se lee algo más?
Ernesto: casi nada (revisa con cuidado
el cuaderno) algo más sobre las plagas, y una rima horrible entre “langostas” y
“calles angostas”.
Flavia: Guardalo con las otras pruebas,
Ernesto. Es claramente otro signo de la profecía.
Ernesto: (desconfiando) No me parece…
Flavia: Que te parezca. El poema habla
de las plagas de Egipto. Una de las siete plagas era la crecida del río Nilo.
Ernesto: Me parece que no, eh… que la
crecida era una cosa anual y que a los egipcios les venía bien… Además, ¿las
plagas no eran 10, como los mandamientos?
Flavia: No, eran 7, como los pecados
capitales. Y si no es la crecida del río, bien puede ser por la lluvia de
ranas. Tío Jorge era un poeta, un hombre sensible. Bien podría ser él un
Profeta.
Ernesto: Se acabó, Flavia. Esta pila de
mugre no nos va a probar nada. Y el tío Jorge murió en el año veinte, no digas
que era sensible o lo que sea porque ninguno de los dos lo conoció.
Flavia: (poniéndose un empapado tapado
de pieles, casi en trance) Ni falta que hace conocer físicamente a la persona…
es familia. Está en la sangre. Y los objetos hablan. Con este tapado de la
abuela Amalia, estoy percibiendo el rencor contra su primer novio.
Ernesto: Flavia, no te pongas tan
mística. Mirá, yo no creo que haya mucho mensaje acá… si hubo alguna intención
de darnos un aviso de la tragedia, los familiares fueron poco claros, o se
perdió en el camino.
Flavia: Sos un incrédulo, Ernesto. Peor,
un hereje. Cuando cayó el granizo, ¿fue una casualidad haber encontrado el
recetario de la prima Beba, detallando su famoso postre granizado?
Ernesto: Puede ser…
Flavia: ¿Cuando el humo negro de las
quemas de pastizales, no fue claro el mensaje del tío Raúl?
Ernesto: Su máscara anti gas de la
segunda Guerra… que hallazgo.
Flavia: ¿Y cómo hubiéramos estado
preparados para los vientos huracanados, sino fuera por el ventilador de mamá y
papá que, desafiando el óxido y los años, se mueve cada vez que se levantan
esos ventarrones que bajan los árboles? ¿y durante la nevada…?
Ernesto: Flavia, yo no quiero
desestimarte la teoría, pero ¿no te parece que el cambio climático ya es
bastante buena explicación para tanta desmesura?
Flavia: (poniéndose varios objetos
mojados encima, con los ojos cerrados) Los Pérez Garate fuimos de los primeros…
vimos crecer esta ciudad desde el día de la primera piedra... desde el asado
que le salió amargo a Dardo Rocha. Estuvimos entre los masones que pusieron los
monumentos ofendiendo a la Iglesia, y entre los obreros que apilaron los ladrillos
de la Catedral. Recorrimos los túneles secretos, vimos poner empedrado sobre la
tierra, y cemento sobre el empedrado (comienza a convulsionarse). Le llevamos
nuestros niños enfermos a la Ludovica, y nuestros viejos a Favaloro. Escuchamos
las campanas de la boda cuando se casó Perón, y vimos los fogonazos de la
escopeta de Barreda…
Ernesto: (enrollándola con un tapiz
húmedo) pará Flavia, estás patinando de la realidad… (la tranquiliza) t hago un
té.
Flavia: (desde dentro del tapiz, con la
voz más calmada) De tilo. Té, té de tilo. De tilo el té.
Ernesto: Ya sé. Fanática (sale)
Flavia: (saliendo del rollo del tapiz,
se incorpora lentamente prendida de un perchero de pie) Té de tilo. Yo los sigo escuchando, sangre de
mi sangre. ¿Dónde están las claves de los vaticinios? ¿Qué próxima catástrofe
se nos viene encima? ¿Cómo evitarla, cómo estar preparados? ¿Cómo?
Ernesto: (Entra abruptamente y arroja un
álbum de fotos en medio de la escena. Pausa. Se miran entre ellos y al álbum de
fotos alternadamente)
Flavia: (Revisando) El casamiento de tía
Coca…
Ernesto: Con el paraguayo. Lo encontré
hace dos semanas y no le presté atención
Flavia: (con la vista perdida) “El
paragua” le decía Papá…
Ernesto: Perdón… no asocié…
Flavia: (aún con los ojos apuntando a la
nada) Sos débil, Ernesto. Tuviste el aviso enfrente y no pudiste verlo…
Ernesto: … perdoname.
Flavia: (poniéndose el tapiz como manto,
y usando el perchero como báculo) Pero estamos a tiempo. La próxima tragedia va
a ser peor. Sigamos buscando, esta vez la ciudad entera puede desaparecer. Las
señales deben estar cerca… sigamos buscando…
Ernesto: Sí, hermanita. Sigamos… (Se
inclinan sobre los objetos. Apagón)
FIN